Mi sobrino Pedro.
MI SOBRINO PEDRO.
No puedo culpar a mi hermana cuando
decidió fugarse con Augusto, el padre de Pedro. Era este un sujeto
muy especial, parecía gemelo de un actor italiano de cine llamado
Marcelo Mastroiani. Solo que Augusto era moreno. Bastante moreno, en
su casa lo llamaban “el negro”. Aunque el negro era estudiante
universitario y habiendo recibido una herencia, vivía en una bonita
urbanización de Caracas, tenia un carro marca Packard, vestía como
un Gardel, con sombrero del mismo color del traje y clavel en la
solapa. Pero no era eso lo que lo hacia irresistible, era su don de
gente y su sonrisa. No se casaron nunca, por eso mi sobrino Pedro es
hijo natural.
Heredó Pedro el color, el garbo y la
sonrisa de su padre, la inteligencia y la sensatez de su madre. Sin
embargo su fantasía, heredada posiblemente de mi, a veces se desboca
y le hace parecer un orate.
Ultimamente no hace más que hablar
de un cachorro de perro callejera que encontró en la calle y al cual
le otorga virtudes casi humanas.
Empecemos desde el principio; salió
Pedro temprano, un domingo en la mañana, por la barriada donde vive;
Mariperez. Encontró al cachorro sentado, con las patas cruzadas y
una corbata blanca bastante sucia. Alguien se la había puesto a modo
de correa. Jadeaba por lo apretado del nudo. Pedro se lo desanudó
liberando al can de la sujeción. Pedro se levantó y el can también.
Ambos se vieron a los ojos. El cachorro movió la cola que es como
los perros dicen hola. Pedro regresó caminando lentamente hacia su
casa y el perro lo siguió. No sabia que hacer, ¿aceptaría
Mercedes, su madre, un huésped canino? El perro se acercó y
comenzó a olerlo. Pedro lo dejó hacer. Olía desde los zapatos
hacia arriba. Me está conociendo pensó Pedro. Llegó a los
genitales y él pensó – está averiguando mi sexo-. Antes a los
perros les era fácil conocer el sexo de las personas, pensó Pedro.
Si usaban pantalones eran hombres, si usaban faldas eran mujeres. Hoy
la cosa es más difícil. Así que los perros, que no son pendejos,
le huelen los genitales a la gente y así se aseguran. Pedro se
inclinó con la misma intención. ¡Ha! Es machito, perdona hermano,
no es que sea chovinista, pero mi madre, con toda seguridad, no
aceptaría una perra. Con las que yo contrabandeo de vez en cuando es
más que suficiente.- le dijo Pedro al perro. El perro se sentó
frente a Pedro y ladró viéndole a los ojos. Pedro recordó un
chiste ingles y le preguntó al perro - ¿porqué el perro mueve la
cola? Y de inmediato el perro respondió – porque la cola no puede
mover al perro, pendejo-. A Pedro le gustó la sinceridad del
animal y decidió adoptarlo.
Aquí es donde comienzan las
divagaciones del muchacho. Se lo hice saber – Pedro, los perros no
hablan-. - Me lo dijo con los ojos – respondió inapelable.
Bañó al can con agua tibia y
creolina para matarle las pulgas y las garrapatas y de una misma vez
comenzó a entrenarlo. A los días se dio cuenta de que el perro lo
estaba entrenando a él. Lo primero que observó fue que no obedecía
cuando le hablaban en español. Prefería el idioma ingles. Su
expresión era francamente despectiva (palabras de Pedro) cuando le
hablaban en español. Se regocijaba al oír el shiseo del ingles
(ídem).
Lo segundo que constató Pedro fue que
aunque el cachorro, teniendo el pelo de color marrón, no respondía
sino al ser llamado “perro blanco” pero en ingles.
En otras palabras, si Pedro, por
ejemplo, lo llamaba – ven perrito, ven perro blanco – nada el
animal no hacia caso. Pero en cambio, si el muchacho lo llamaba en
ingles – come on, white dog, come on – el perro salia disparado y
se echaba a sus pies lamiendo sus plantas servilmente.
Me preocupan las divagaciones de
Pedrito, tendré que agarrar mi viejo jeep Willis del 65 y arrancar
para Caracas. Tengo dos cauchos lisos y a los otros dos ya se le ve
la tripa, pero por Pedrito lo que sea. Chau, nos vidrios allá.
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